La verdadera prueba del programa económico argentino no es técnica: es intertemporal.
Hace veinte años escribí mi tesis basándome en un paper de Javier Milei. Hoy, ese mismo marco teórico ayuda a entender el principal desafío que enfrenta su gobierno.
Hace más de veinte años, desde los claustros de la Universidad Nacional de Cuyo, escribí mi tesis de licenciatura en economía basándome en un paper de un tal Javier Gerardo Milei. En aquel entonces era un economista prácticamente desconocido fuera de algunos círculos académicos.
El tema de aquel trabajo era relativamente abstracto: cómo toman decisiones los agentes cuando enfrentan distintos horizontes temporales. La hipótesis estaba modelada con optimización dinámica, un concepto que la economía tomó prestado de la ingeniería.
La intuición es simple pero profunda. Un agente —un gobierno, por ejemplo— puede optimizar sus decisiones de dos maneras distintas: puede maximizar resultados dentro de un horizonte temporal corto, como el período de su mandato, o puede optimizar considerando la trayectoria completa del sistema en el largo plazo.
En términos formales, se trata de un problema de optimización intertemporal: los resultados presentes deben evaluarse también por sus consecuencias futuras.
Un gobierno puede tomar decisiones que generan beneficios inmediatos aun sabiendo que esas mismas decisiones producirán inestabilidad más adelante, fuera de su horizonte de decisión. En aquel momento utilizaba esta idea para explicar uno de los fenómenos más persistentes de la economía argentina: el populismo económico.
Muchas políticas populistas generan resultados positivos al comienzo: expansión del consumo, mejora del ingreso disponible o crecimiento transitorio. Pero al mismo tiempo suelen crear desequilibrios que aparecen más adelante en forma de inflación, crisis fiscal, endeudamiento o inestabilidad macroeconómica. Dicho en palabras criollas: parranda hoy, resaca mañana.
La paradoja es que esta lógica no depende de ideologías. Puede haber populismo de izquierda o de derecha. Las consecuencias, tarde o temprano, suelen ser las mismas.
Todo depende del horizonte temporal con el que se toman las decisiones.
Y esa advertencia resulta particularmente relevante para la Argentina de hoy.
El programa económico del presidente Javier Milei busca corregir varios de los desequilibrios estructurales de la economía argentina: el déficit fiscal crónico, la inflación persistente y las distorsiones acumuladas en los precios relativos.
Sin embargo, el desafío más profundo que enfrenta su programa no es técnico. Es intertemporal.
Cabe preguntarse: ¿qué probabilidades tiene esta línea de política económica de sostenerse ante un cambio de signo político? ¿Qué sucedería si la oposición se fortalece en futuras elecciones? ¿Volvemos a empezar de cero, o desde -10?
Para que un programa económico tenga éxito no alcanza con que sea técnicamente correcto. Debe generar instituciones y acuerdos políticos que sobrevivan al gobierno que los implementa.
De lo contrario, ningún régimen de promoción de inversiones (como el RIGI) o una visita a Nueva York (con cena incluida) atraerá capitales si no existe estabilidad de largo plazo, reglas claras y acuerdos básicos que se mantengan independientemente del signo político que ocupe el poder.
Con cierta admiración observamos las transiciones políticas en países hermanos como Uruguay, Chile o Perú. Los gobiernos cambian, pero nadie observa pánico financiero contra el peso uruguayo, el chileno o el sol peruano.
La historia económica argentina, en cambio, está llena de programas que funcionaron mientras duró el liderazgo político que los impulsó, pero que se desarmaron cuando cambió el gobierno —o incluso antes, ante la mínima señal de debilidad política.
Ese patrón explica el famoso ciclo argentino de stop and go.
La economía se estabiliza, la confianza mejora y aparecen algunas inversiones (de corto plazo). Pero cuando se aproxima una elección o cambia el clima político, la incertidumbre vuelve a crecer y el proceso se detiene o se revierte.
Las inversiones no llegan porque un gobierno sea más pro-mercado o más pro-empresa que otro.
Llegan cuando existen reglas claras, previsibles y estables en el tiempo.
Ningún inversor toma decisiones de largo plazo basándose en la expectativa de que un presidente específico permanecerá en el poder. Las inversiones se realizan cuando existe la expectativa de que las reglas del juego no cambiarán cada cuatro años.
Por eso el verdadero desafío de la política económica argentina no es solamente estabilizar la economía.
Es construir consistencia intertemporal.
Eso implica transformar las reformas económicas en acuerdos políticos amplios que trasciendan un mandato presidencial. Como decía Francisco: “escuchar al otro”. Implica escuchar, dialogar y construir consensos incluso con quienes piensan distinto. Empresarios, sindicatos, oposición política: todos forman parte de la ecuación institucional que hace posible la estabilidad.
Si eso no ocurre, el riesgo es repetir un patrón que la Argentina conoce demasiado bien: estabilización inicial, recuperación transitoria y nueva inestabilidad ante el primer cambio político.
En otras palabras, el éxito de un programa económico no depende solo de su diseño.
Depende de su capacidad para sobrevivir en el tiempo.
Y en ese sentido, el joven economista Javier Milei probablemente tendría hoy un consejo para el presidente Javier Milei: no alcanza con hacer las reformas correctas. Hay que construir las condiciones políticas para que esas reformas duren más que el gobierno que las impulsó.
Porque el problema de la economía argentina nunca fue encontrar el programa correcto. El problema siempre fue lograr que ese programa sobreviva al próximo gobierno.